Ivan Conde Ph fotógrafo en París
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Fuimos felices

Hay personas que nunca dejan de existir. Mi abuela nació un 10 de octubre de 1933. Para mí, siempre fue una semana exacta después de mi cumple. Un 10 del 10 y dejó de dar sus abrazos un 25 de noviembre, como el Diego. Sin gol a los ingleses pero bien barrilete cósmico. Todavía me resulta difícil de entender de dónde sacó todas las fuerzas con las que le hizo frente a las batallas que la vida le puso enfrente. Fue lo que fue y también lo que creó y creyó más tarde.
La quiere todo el mundo a mi abuela, salvo la generación de vecinos que tuvo que lidiar con los 5 perros y 7 gatos que andaban haciendo caca en los otros departamentos de adelante del pasillo que terminaba en su casa. Una vez llegamos a contar 12 gatos, 7 fijos y otros que van y vienen a la hora de la comida. No eran de ella, pero bueno… bajaban a comer cada tanto.
Le decía ‘el alemán’ al esposo de mi hermana que es francés, porque la memoria no era su fuerte pero se acordaba de cada uno de los nombres de los 12 gatos.
De postura elegante y refinada y muchos pelos de perro en el pulóver, siempre con el corazón abierto y gente bizarra en el patio. Amigas de temporada que se morían y dejaban más perros. Otras que le robaban la jubilación cuando ya no sabía cuánto valían las cosas. Con la tranquilidad de saber que, al final, todo se compensa.
Nació un 10 de octubre de 1933 en Corrientes. En Yapeyú, como San Martín, porque a la hora de buscar referencias, no se guardaba nada. Le sobra paño. En presente.

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